Aún existen piratas en los mares, pero no como aquellos bucaneros que aparecen en viejas películas. Los piratas de hoy día no surcan los mares en busca de tesoros; buscan hacer fortuna rápidamente explotando poblaciones de peces ya de por sí agotadas. Al ir agotándose las especies de los océanos tras años de sobrepesca, las flotas pesqueras viajan por el planeta en busca de las últimas poblaciones de peces que explotar.
Con el 52 por ciento de las pesquerías del mundo clasificadas como
totalmente explotadas, y un cuarto consideradas como sobreexplotadas,
agotadas o al borde del colapso, no resulta difícil ver por qué nos
preocupa tanto el número cada vez mayor de pesqueros que faenan de
forma ilegal.
Los piratas operan en todo el mundo y se mueven de una pesquería a otra
recogiendo la mayor cantidad de pesca que pueden cargar. A los piratas
no les preocupa el impacto de sus actividades en los bancos de peces o
en cualquier otra especie marina atrapada entre sus redes. Especies de
peces, aves, mamíferos marinos, tortugas marinas, tiburones y animales
de los fondos abisales se encuentran amenazados debido a las prácticas
de pesca de estos piratas. En algunos casos han sido llevados cerca de
la extinción total, como la merluza austral y el albatros en el océano
Antártico.
No son sólo los ecosistemas los que sufren, también comunidades enteras
que dependen enteramente de ellos para su sustento. Según el DFID
(Departamento Británico para la Cooperación al Desarrolo), un país tan
pobre como Guinea, en África Occidental, pierde 100 millones de dólares
al año simplemente por culpa de los barcos de pesca piratas que faenan
en sus aguas.
La pesca pirata puede tomar diferentes formas en las diversas regiones
del planeta. Los dueños de los barcos son armadores sin escrúpulos, en
connivencia con algunos países, que utilizan “banderas de conveniencia”
con el fin de saltarse las leyes pesqueras internacionales además de la
normativa laboral y de seguridad. Estas banderas pueden comprarse y
venderse fácilmente en internet en 24 horas y por sólo 500 dólares,
como en el caso de Malta. El propósito de ello es esquivar la normativa
pesquera ya de por sí insuficiente establecida por sus propios países y
la comunidad internacional.
La pesca pirata destruye ecosistemas y roba a las comunidades locales que dependen de la pesca local para su sustento.