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Desde las tierras altas de Escocia hasta las aguas del Pacífico de chileno, la cría del salmón es un negocio creciente. Sóla en Chile, los beneficios obtenidos por la exportación procedentes del salmón de acuicultura supera cada año los 1.000 millones de dólares, una cifra que se espera doblar en los próximos años. Los defensores de la acuicultura industrial afirman que esta "Revolución azul" es una alternativa económica y sostenible a la captura de especies salvajes tan agotadas.

El cultivo del salmón


No obstante, la carne de salmón de un color rojo artificial a la venta en tiendas de todos los países occidentales no revela la gigantesca destrucción que provoca esta industria en las zonas donde se produce. El cultivo del salmón, una actividad que se está expandiendo a gran velocidad supone actualmente más del 30 por ciento(no hay original) de todas las proteínas de pescado consumidas anualmente en el mundo. Pero se trata de una actividad responsable de la destrucción de innumerables ecosistemas y comunidades pesqueras que dependen de ellos en algunos de los entornos marinos más vulnerables del planeta.

La cría del salmón implica a su vez la cría y engorde de grandes cantidades de pescado en pequeñas jaulas redes alargadas. Una granja típica puede contener hasta una docena de redes tubulares con entre 10.000 y 15.000 salmones en cada una.

Engorde intensivo


Las cantidades de pescado necesarias para alimentar especies carnívoras como el salmón o el atún ponen en entredicho el tan repetido mito de que la cría industrial de pescado es una solución a la sobrepesca. Para obtener un kilo de salmón se necesita capturar hasta cinco kilos de especies de pescado azul, como el arenque, la anchoveta, la sardina o la caballa, que se procesan hasta convertirlos en harina de pescado. Estas especies están siendo literalmente barridas del océano, provocando un desequilibrio de los ecosistemas marinos.

En la Columbia Británica, Canadá y Chile las orcas, delfines, focas y leones marinos presentes en el pasado en sus estuarios territoriales, son matados, atrapados, privados de alimentos o simplemente repelidos con aparatos ideados por los productores de salmón para proteger sus cultivos.

Enfermedades


Como ocurre con todas las demás formas de cultivo intensivo, la alta concentración de salmones en cada jaula, propicia la propagación de enfermedades. Es una actividad habitual añadir antibióticos a la comida de estos peces para protegerlos de enfermedades, una actividad que ha contribuido a la presencia de bacterias resistentes a estos antibióticos encontradas en los sedimentos bajo las jaulas que suponen un enorme riesgo para los consumidores así como para los ecosistemas donde se ubican. Las jaulas se colocan normalmente en zonas con buena circulación de agua en las cabeceras de los estuarios, con lo cual las heces tóxicas, los restos de comida, parásitos, peces muertos, peces no nativos escapados y residuos químicos y antibióticos se distribuyen por todo el ecosistema del estuario.

Una piscifactoría de salmón típica de 200.000 unidades produce más o menos la misma cantidad de materia fecal que una ciudad de 62.000 habitantes. El vertido de este cocktail dañino en las aguas que rodean las granjas de salmones supone una amenaza para especies de salmones salvajes, los depredadores que dependen de ellos y el futuro de las prácticas de pesca sostenibles, de las comunidades que viven de ellas y de la salud de los océanos.